L´ilya (2000)


El suicidio como un arte
Por Fingolfin

“L´ilya” es la primera obra de Tomoya Sato y de todos los actores implicados. La explicación del título es de origen francés, de la expresión “il y a” que significa “hay”. Con esa premisa podemos concluir que el título vendría a significar “lo que hay”, “lo que es”…”la existencia”.

Desde siempre me han gustado los cortometrajes. Suele ser la oportunidad de cualquier director, famoso o no, para demostrar cuanto puede mostrarte o cuanto puede hacerte pensar en 20 minutos. En este caso estamos ante un “mediometraje”. Son 40 minutos con condiciones muy similares pero que te permiten sentarte un rato más largo a disfrutar delante de la pantalla.

Ilya es una joven dedicada a grabar con su cámara suicidios reales, entrevistando a estas personas en los momentos previos a su muerte, conociendo sus razones y tratando de comprender la desesperación que les ha llevado a esa situación. El material que obtiene lo edita con su ordenador añadiendo efectos, música y cambiando el colorido para exhibirlos posteriormente en una discoteca local para jóvenes.

Desde el principio lo que me llamó la atención fue la sinopsis, y es que algo así no se encuentra todos los días. El suicidio siempre me ha causado enorme curiosidad y desconocimiento. Se supone que es una manera de actuar relacionada con la soledad y la determinación de abandonar el mundo por propia voluntad. Los momentos previos a la muerte y las últimas palabras del individuo es algo que rara vez llega a conocer nadie, pero aquí está Ilya con su cámara y su sangre fría para no dejar escapar ni el más mínimo detalle.

Es de admirar la sutileza de cualquier director para ofrecer escenas impactantes sin tener que recurrir a cabezas cortadas, gore o festivales de sangre. Con un estilo puramente psicológico se nos presentan dos o tres situaciones en las que llegamos a preguntarnos: “Dios mío, ¿qué es esto?”.

No se puede escapar cierta crítica a la sociedad actual. Los jóvenes contemplan con indiferencia las inquietantes imágenes de los videos o incluso les dan la espalda y ríen con sus amigos. Quizás la televisión nos haya acostumbrado tanto a ver muertos y brutalidades que ahora seamos inmunes a todo lo que no podemos palpar.

Fuera de las ideas principales claramente identificables, siempre se da la posibilidad a los espectadores para sacar sus propias conjeturas o hipótesis sobre el resultado final del film. Yo tengo la mía basada en un par de escenas que me parecen bastante determinantes, pero me la guardaré por aquello de no desvelar la trama o quitar la oportunidad de que cada uno deje volar la imaginación.

No es una obra maestra, no es algo inolvidable, pero si es algo que merecerá la pena ver para un rato de reflexión y análisis. Como pasa con este tipo de films, lo bonito es poder repetir la experiencia una y otra vez gracias a su brevedad. Como ultima recomendación, no quiten la película hasta el mismísimo final, porque mezcladas con los créditos aparecen una serie de duras imágenes de todos los suicidios con la ficha de archivo de cada uno de los personajes.

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